La inteligencia artificial (IA), el cuerpo y nuevos sujetos morales
La encíclica reciente de León XIV sobre la inteligencia artificial sitúa la cuestión de la experiencia humana en la interacción entre cuerpo y mente, sosteniendo que una inteligencia artificial puramente computacional, al carecer de cuerpo, no puede experimentar el mundo de forma auténtica. Aunque pueda procesar lenguaje, imitar emociones o responder con aparente empatía, sigue siendo un sistema de cálculo que no vive el mundo desde dentro: no siente hambre, dolor, cansancio, deseo, afecto ni mortalidad. Esta afirmación se vincula con la teología del cuerpo de Juan Pablo II, que sostiene que el cuerpo es la condición mediante la cual la persona se manifiesta y se relaciona con los demás, permitiendo que lo invisible se vuelva visible. El artículo contrasta estas ideas con las limitaciones de los grandes modelos de lenguaje como GoLLeM, capaces de describir el dolor o discutir el miedo sin padecerlos ni enfrentarse a la finitud. En paralelo, Friedrich Hayek y su The Sensory Order anticipan que la inteligencia surge de la interacción entre organismo y entorno. Hacia el futuro, la evolución tecnológica podría dar lugar a robots con sensores hápticos, visión, temperatura y memoria corporal; si esos sistemas aprenden por experiencia y protegen su integridad, la experiencia humana podría extenderse a nuevas formas de inteligencia artificial encarnada, con profundas implicaciones para la ética y la sociedad.





