El camión 76
El texto reconstruye, desde la memoria personal, cómo el “camión 76” quedó grabado como símbolo cotidiano en 1968, un año marcado para el mundo por revueltas y tragedias y, para México, por Tlatelolco. El narrador recuerda un autobús verde pistache, un GMC de la línea San Rafael, Aviación y Anexas, que se diferenciaba por su estado impecable frente al deterioro habitual del transporte. También evoca a su conductor, descrito como joven y sonriente, y el universo de oficios que su madre le empujó a desarrollar desde los ocho años, hasta trabajar como cobrador en el camión 134. El relato enlaza la normalidad de ruta con la tensión social del movimiento estudiantil: en los días de protestas, autobuses fueron incendiados y el 76 fue uno de los sacrificados, quedando reducido a un esqueleto carbonizado cerca del Zócalo. El recuerdo cierra con la pérdida del transporte y del conductor, como parte del 68.






